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Así vemos los jóvenes el Diaconado

señorita

Como todo en la vida, enfrentarse a los cambios que conlleva la existencia es muy complicado; pero cuando estos cambios implican afianzar la relación entre Dios y el ser humano, es necesario hacer un alto en el camino y analizar si se está preparado para ello.

Cuando el padre decide estudiar para ser diácono, ésta decisión no sólo lo afecta a él como hombre y jefe del hogar, ésta opción de vida tiene gran incidencia también en la vida de la esposa y esencialmente en la de los hijos.

Para mi, la experiencia de que mi padre se encuentre preparándose para ser diácono ha provocado en mí muchos sentimientos encontrados; en un principio fue difícil enfrentar y aceptar que era necesario comenzar a compartir a mi padre con la Iglesia. Con el tiempo comprendí que debía compartir la dedicación de mi padre con Dios y entonces bajo ésta concepción todo cambió y me di cuenta que eso me llenaba de muchas expectativas.

¿Muchas expectativas? Con esto no quiero decir que antes de conocer el diaconado no haya tenido relación alguna con Dios, lo que sucedía era que esa relación se tornaba laxa y monótona; el Diaconado ha incorporado en la vida de mi familia la concepción de servicio tanto en la sociedad como en la parroquia.

Actualmente el servicio ha unido más a mis padres, mi padre colabora directamente con el sacerdote durante las celebraciones eucarísticas (como aprendiz) y mi madre se desempeña como proclamadora de la palabra, en algunas ocasiones mis hermanas y yo colaboramos con alguna de las lecturas de las celebraciones dominicales, juntos como equipo hemos aprendido a ponernos en los zapatos del otro, a sentir y vivir el dolor ajeno, mediante servicio a los habitantes de la calle, a los presos, los enfermos, los más indefensos, en conclusión hemos atendido el llamado de Jesús.

Pero lo más importante no es lo que se ve, mi padre se siente tranquilo, satisfecho, motivado, en una sola palabra él se siente en comunión con lo que hace, piensa y aprende y eso es lo más importante, porque mi padre se ha hecho mejor persona, sin desmeritar lo que era antes, porque siempre ha sido un gran hombre, la diferencia radica en la paz que ha logrado al estar más cerca de Dios.

Para mi es un gran orgullo decir que mi padre es un hombre entregado a Dios; aunque hemos pasado miles de dificultades siempre hemos sentido la presencia de Dios en nuestras vidas y es eso lo que nos hace ser una familia unida y capaz de sopesar los obstáculos de la vida de manera inteligente basándonos en el amor.

Ojalá Dios le dé vida para que alcance sus sueños y pueda desempeñarse como parte de la Iglesia.

MARIA DEL ROSARIO MERCHÁN MORALES.
Estudiante de Finanzas y Comercio Exterior ( II semestre).
Universidad Sergio Arboleda.
Hija del aspirante GUSTAVO MERCHÁN CALDERÓN ( 1er Año)

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