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¡La Presencia de Dios!

Santiago Alfredo

Al comenzar toda una aventura con mi papá en Urgencias de los Hospitales…Viendo como sus años han dejado huella y al punto de perder un ojo, las rodillas ya cumplieron su función y apenas puede caminar con ayuda, las canas, solo en otra ciudad, necesitado, le cuesta trabajo movilizarse, recordé entonces, cuando él me daba una mano cuando yo apenas era un pequeño, preparándome para vivir; y ahora yo le doy la mano para disponerlo para vivir, si aún Dios ha permitido que esté con nosotros tiene un propósito, hoy descubrí a través de su sufrimiento, angustia y dolor ¡la presencia de Dios!, es fácil hablar de fe a otros, pero cuando en carne propia experimentamos especialmente la enfermedad, es cuando se comprende que nada se puede hacer sino acogerse a la providencia Divina, abandonarse en las manos del Señor, eso es, no perder la fe. “Encontré en Jdt 8, 21b-23 como el Señor indaga nuestros corazones para reprender, para aumentar nuestra fe y confiar solo en Él”

Hoy en una Capilla de un Hospital, frente al Sagrario eleve una Oración y mis lágrimas llegaron al cielo, mi impotencia,  la angustia frente a la enfermedad de mi padre, y de repente la respuesta del cielo, una tranquilidad, una paz que solamente el Señor Jesús puede dar, regreso al pasillo donde está mi papá lleno de ese Amor que solo da el Padre que está en los cielos, miro a mi papá con sus ojos cerrados, le doy un beso en la frente y como si una fuerza me jalara, salgo a dar un recorrido por Urgencias del hospital, veo la desesperanza, el dolor de la enfermedad en todas sus manifestaciones, la incapacidad, me cruzo con algunos pacientes y sus miradas atravesaron la mía, les tomo la mano y aclamo en oración por ellos, además me piden ayuda y al final del pasillo mis bolsillos quedan vacíos… Regreso a la camilla de mi papá al final de un salón, nuestras miradas se encontraron y a una sola voz decimos “Solo Dios puede Salvarnos”, enseguida mi padre me dice: hijo “sáqueme de aquí”, esas palabras me atravesaron el alma, en silencio mis ojos se llenaron nuevamente de lágrimas, Salí de nuevo y entre a la capilla, oro y me ayudo con el Sal 122 A ti levanto mis ojos, esperando su Misericordia, se me ocurrió, hay que trasladarlo de inmediato a otro hospital que si haya especialista, necesitaba atención urgente y de inmediato para que su ojo no se perdiera a pesar de lo que decían los médicos que ya estaba perdido, nunca he perdido la esperanza en quien todo lo puede…

En los momentos de trámite de la salida, algunos enfermos me pedían que les llevara un dulce, conseguí un paquete de manzanas y las repartí una a  una, metía la mano en mi maletín y sacaba y sacaba manzanas, hubo para todos, me despedí con abrazos, con un apretón fuerte de manos, y uno me beso la mano, les compartí una oración y el mejor deseo que se recuperaran pronto y nada de perder la esperanza, sentí la ¡la presencia de Dios! El Sal 123 Si el Señor no hubiera estado con nosotros todo habría sido peor, Bendito sea el Señor.

Fuimos recibidos en otro hospital como con la mano de Dios, dos  días en la espera de una operación y de pronto mi padre vuelve a decirme: “Sáqueme de aquí” No, papá ya hemos esperado mucho y de aquí no nos vamos hasta que en el nombre de Jesús le operen el ojo, así fue otro día mas día y noche  interminables en los pasillos fríos de un hospital, por fin al comenzar la noche entra en sala de cirugías, bien tarde en la noche me informan, ya se hizo la operación, hay que esperar…!Esperar a qué! Usted no lo puede ver se quedara en sala de recuperación, no hay camas, el hospital está repleto, esperar otro día, hablar con el médico, el Oftalmólogo me responde hay que esperar, lo dejamos unos días para ver cómo reacciona a la operación, aun no se sabe si se salva el ojo, esa respuesta mantuvo viva mi esperanza y la certeza que Jesús estaba actuando en su ojo, hay que esperar, esperar, ¿cuánto tiempo?, no sé, estoy tranquilo porque esas lagrimas que subieron al cielo fueron secadas por el Gran Padre Dios, mi Oración desde mi corazón fue escuchada, nos envió a su Hijo para acompañarnos, el Espíritu Santo para confiar en Él, mantener la fortaleza y la esperanza.

Agradezco a Jesús su Misericordia, a mis amigos y compañeros del Diaconado, a mi familia, a los médicos y enfermeras que estuvieron pendientes y pude sentir ¡la presencia de Dios!… ¡¡Nunca me sentí solo!! Que Dios los siga bendiciendo…

Santiago Alfredo González

 

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