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Naturaleza del Diaconado

NATURALEZA DEL DIACONADO


1. Los Ministerios en la Iglesia Primitiva


1.1. En el Nuevo Testamento:


Partiendo del texto de Efesios 4,11: “El dio a unos ser apóstoles a otros ser profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y doctores.” y sobre todo si nos fijamos en el texto griego, veremos como las palabras “apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y doctores”, aparecen en caso acusativo. Esta forma de expresión gramatical nos permite interpretar que no es tanto la persona sino la comunidad la que recibe el ministerio. No es la Iglesia la que gira en torno al ministerio, sino el ministerio el que gira en torno a la Iglesia.


Cristo quiso que hubiera ministros en la Iglesia, pero desde el Nuevo Testamento no podemos afirmar una manera unívoca de organizar estos ministerios, sino que la comunidad es la que debe definirlo. Hay diferencias por ejemplo entre las cartas pastorales y 1 Pe en las cualidades sobre el perfil del ministro, lo que nos hace afirmar el dato anterior. En Hch. 6 la Iglesia crea un ministerio del que Cristo no ha hablado; en la elección de Matías por ejemplo la Iglesia aún no se siente capaz de elegir, de allí que lo echan a suerte, en el caso de los 7 diáconos ya la Iglesia se ve con más claridad en la elección. Se percibe desde este momento que el ministerio es primordialmente un don para la comunidad y no para la persona.


El Nuevo Testamento revela la presencia de líderes, de ministros que desempeñan funciones especiales de dirección y guía de la


comunidad. En Jerusalén se reunían alrededor de los Apóstoles. El primer ministerio es el de los Doce. Constituye el ministerio fundamental de Ia Iglesia, las columnas del nuevo pueblo de Dios. Y estos son insustituibles y únicos.


Para servir a los helenistas, los Doce y la comunidad escogieron a los Siete. Ellos no cuidaban solo de la asistencia a las viudas y a los huérfanos y de servir a las mesas, sino también anunciaban el Evangelio (cfr. Hch 7-8). La persecución aleja a los Siete de Jerusalén y también a algunos de los Doce. En consecuencia nacen nuevas comunidades entre los paganos. Y también durante el período apostólico surgen los ancianos o presbíteros.


En las Iglesias fundadas por los helenistas o por los Apóstoles en otras ciudades, aparece otro tipo de dirigente de las comunidades como muestra Pablo: “Dios estableció en la Iglesia primeramente los Apóstoles, en segundo lugar; los profetas y en tercero los doctores...” (cfr. 1 Co 12,28) Según las informaciones Paulinas, de los Hechos y de la Didajé, los Apóstoles son misioneros itinerantes que anuncian el Evangelio y fundan nuevas comunidades; los profetas poseen un papel especial en el culto, en la oración y, sobretodo, son reconocidos porque hablan sobre la inspiración del Espíritu; los doctores se dedican de modo especial a la enseñanza. Pablo cita aún a los que se “esfuerzan y trabajan” en la dirección de la comunidad (cfr. 1 Tes. 5,12-13). Hay también cargos más definidos como son los supervisores (epíscopoi) y los ministros (diáconoi) de la comunidad de Filipos (cfr. Fil. 1,1).


En resumen, en la época apostólica se constata una diversidad de ministerios y un fuerte realce es dado a la proclamación de la Palabra, a la evangelización y a la profecía.


En resumen, en la época apostólica se constata una diversidad de ministerios y un fuerte realce es dado a la proclamación de la Palabra, a la evangelización y a la profecía.


En la perspectiva del Nuevo Testamento toda función desarrollada en la Iglesia constituye una diaconía, un don, una gracia, que se ejerce en el nombre del Señor. El servicio, por lo tanto, hace parte del ministerio. Por este motivo, además de significar el ministerio propio de toda la Iglesia, el término diakonía también indica una función particular, un oficio propio subordinado al Obispo, el cual tiene el deber de supervisarlo. Conviene recordar que el termino diákonoi puede referirse tanto a hombres como a mujeres. Hasta el siglo IV no existía el término “diaconisa”.


1.2. Período Apostólico:


Con respecto al período inmediatamente siguiente (Hch 20, 28-29; 1 Pe 5, 2-4) 70 a 100 d.C., Eusebio de Cesarea escribe: “Es imposible enumerar nominalmente todos los que en el tiempo de la primera sucesión de los Apóstoles, se tornaron pastores o evangelistas en las iglesias del mundo” (Hist. Iglesia III, 37,4).


En este entonces, ya percibimos al lado de los evangelistas que eran itinerantes, los pastores que permanecían en las comunidades para coordinarlas y orientarlas.


Además, en este período la idea de pastoreo retorna con frecuencia, también en las cartas pastorales. El modelo presbiteral de ministerio comienza a ser difundido. Esto se debe igualmente a la difusión de los falsos profetas, de las herejías;

a la necesidad de defender la unidad de la fe de la comunidad y al crecimiento de las propias comunidades. Dado que no siempre los pastores dieron el ejemplo que se esperaba de ellos, se multiplican las recomendaciones para la elección de buenos pastores.


Sobre la primera mitad del segundo siglo hay pocos textos. Ellos se refieren básicamente a dos Iglesias: a la de Roma (Carta de Clemente Romano, fin del Siglo I y el Pastor de Hermas, año 150 d.C.) y a la de Asia Menor (Cartas de Ignacio de Antioquia, año 110 d.C. y de Policarpo de Esmirna). Según los documentos de origen Romano los ministros que permanecen en las comunidades son presbíteros vitalicios que están al frente de la Iglesia, con funciones pastorales o de gobierno y de culto; se menciona aún a los profetas, dedicados a la enseñanza. Las cartas de Ignacio de Antioquía valoran principalmente a un jefe de la Iglesia, el obispo, rodeado por un consejo de presbíteros y coadyuvado por diáconos.


En las cartas de Ignacio de Antioquía (+ 107 d.C.) y de Policarpo de Esmira (+ 155 d.C.) aparece la estructura del ministerio que se difundía y continúa hasta hoy en la Iglesia, tanto en el Oriente como en el Occidente: el episcopado, el presbiterado y el diaconado. En cada Iglesia local se establecerá un obispo, con un consejo de presbíteros y algunos diáconos, colocados más directamente a su servicio. Los otros ministerios mencionados en el Nuevo Testamento desaparecerán rápidamente.


En esa evolución de los ministerios siempre se resalta la participación de la comunidad en la organización y en la elección de los ministros (dimensión trinitaria de la Iglesia).

1.3. El término diácono


El término griego “diakonía”, además de servicio, tiene el sentido de mensaje, mandato, asistencia, función de honra (en la poesía, en la oratoria, en la filosofía, y en la oración). La raíz “diakón” expresa una actividad realizada en nombre de, bajo la autoridad de otro (de allí viene el sentido de apostolado). Esta autoridad es el “Kyrios” (Señor). Pablo llama diaconía a su apostolado junto a los paganos (Rm 11,3).


El se hace mensajero (diákonos) de una Nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu (2 Co 3,6). En ministerio de la Antigua Alianza es llamado de diakonía de la muerte (2 Co 3, 7), diakonía de la condenación (2 Co 3,9), mientras aquel de la Nueva Alianza es llamado diakonía del Espíritu (2 Co 3, 8), diakonía de la justicia (2 Co 3, 9). Jesús confió a los Apóstoles la diakonía de la reconciliación (2 Co 3, 18). Estar revestido de esta diakonía es manifestar la misericordia de Dios (2 Co, 4,11). Es necesario evitar todo escándalo, a fin de que nuestra diakonía no sea blasfemada (2 Co 6, 3-4). Somos diákonoi de Dios (1 Co 3, 5). Los falsos apóstoles son diákonoi de satanás (2 Co 11, 13-15). La diakonía constituye una función permanente; abarca toda la vida (1 Co 4, 5). Pablo llama a Cristo, ministro (diákonos) de la circuncisión dado que su misión se desarrolló sobre todo en el ámbito del pueblo judío (Rm 15, 8). Hay aún, una relación entre el ministerio apostólico y la muerte de Jesús (2 Co 4, 8-12).


Marcos ve la misión del Hijo del hombre como un servicio, dar la vida (Mc 10,45). Aquel que ejerce la autoridad no debe reaccionar como quien detenta un poder absoluto, más bien debe tener conciencia de que es un simple instrumento (diákonos)


que puede asumir el último lugar, sin perjuicio de su función (Mc 10, 42-44). Jesús está entre los discípulos como Aquel que sirve (diákonos) y da la vida (Lc 22, 24-27). Lo mismo han de hacer los apóstoles al celebrar su memoria (Lc 22, 19). Podemos pues, establecer una relación entre diakonía y eucaristía.


2. El concepto de jerarquía


La definición del ministerio jerárquico deber ser presentada como garantía de la apostolicidad y ministerio de la unidad.


Aunque el poder jerárquico venga de lo alto y sea institución divina (existe también una dimensión humana que no puede ser olvidada) eso no debe contribuir para que las personas que ejercen el poder se dejen seducir por el arbitrio y por la tentación del dominio. El Vaticano II buscó retomar la visión bíblica de servicio y a partir de esa visión ubica la jerarquía dentro del pueblo de Dios y a su servicio. El movimiento por la restauración del diaconado permanente tendrá mucho más oportunidad de solidificarse y, el propio diaconado, de encontrar su razón de ser, cuanto más la jerarquía sea capaz de asimilar y vivir la diaconía de Cristo.


Para analizar la función específica de la jerarquía, es necesario en primer lugar considerar a Cristo y a la Iglesia no como dos realidades separadas, sino íntimamente unidas. El ministerio jerárquico es la señal de la unidad interna y recíproca de Cristo con su Iglesia (LG 18).

3. El Episcopado


El Obispo es vínculo de comunión entre la universalidad de la Iglesia y la localidad de la Iglesia. Él es punto de comunión y por ello preside la comunidad. Está llamado a ser el primero en la Iglesia, hasta dar la vida. El Obispo es entonces el que preside la Iglesia.


Decir sacerdocio es decir presidencia en la Tradición de la Iglesia. El carisma de presidir necesita la ayuda de otros carismas. Los presbíteros históricamente eran consejeros del obispo, y ante la necesidad pastoral, se les envía en nombre del obispo a las parroquias.


La Iglesia le delegó al presbítero tareas episcopales: convirtiéndose el presbítero en un delegado del Obispo para las comunidades. El presbiterado es sacerdocio de segundo grado en dependencia y comunión con el episcopado. Los presbíteros son colaboradores del ministerio episcopal. Por lo tanto el presbítero ejerce un ministerio de presidencia; el obispo preside a título personal, el presbítero a nombre del Obispo.


El Obispo preside la comunidad y por eso es el que preside la Eucaristía. Una sola cabeza, un solo cuerpo, un solo Pastor, un solo Señor y Padre.

4. La Institución del Diaconado en la Iglesia Primitiva


El ejercicio permanente del diaconado no es un ministerio reciente en la Iglesia, ya está presente en sus inicios. Los documentos del Magisterio de la Iglesia ubican el origen del diaconado en la selección de los Siete hombres “de buena reputación, llenos del Espíritu de sabiduría”, aunque todavía allí no se hablara de diáconos, al menos en el sentido actual del término, pero sí de ministros.1


En la Iglesia primitiva son varios los testimonios y diversa la acción de los diáconos. Una referencia explícita a los diáconos tenemos en San Pablo (Fil. 1,1; 1 Tim 3,8-13), donde los muestra en una relación inmediata con los obispos.


Clemente de Roma (siglo I d.C.) atribuye al diaconado una institución divina y ve en los profetas del Antiguo Testamento un anuncio de su existencia. San Ignacio de Antioquía (+ ca. 114 d.C.) describe los diáconos como colaboradores (syndouloi, consiervos) suyos, es decir no de los presbíteros (Flp 4; Smirn 4,1; Ef 2,1; Magn 2,1), afirma que ellos hacen parte de la jerarquía y que deben ser honrados como Cristo. La Didajé (70-160 d.C.) insiste en que los diáconos deben ser elegidos entre los hombres dóciles, desprendidos, veraces y firmes (Cap. XV). El Pastor de Hermas (siglo II d.C.) los compara con piedras cuadradas y blancas en la construcción de la Iglesia (Hermas 13). La Didascalia Apostolorum (siglo III d.C.) pide que cada ciudad tenga un número suficiente de diáconos e insiste en que ellos han de ser “los oídos y el alma del Obispo” (Didas II, 44).


1. Cfr. Conferencia del Pbro. Manuel Rojas: Seminario sobre el Diaconado - 26 de febrero del 2008, Casa de las Hermanas Clarisas.

Cipriano de Cartago (siglo III d.C.) establece como norma en su ministerio “tratar juntos —Obispos, Presbíteros y Diáconos— los asuntos que demandan el bien común sobre el gobierno de la Iglesia, y, después de examinarlos en común deliberación, poder aquilatarlos” (Epist 14,1), pues, según lo expresa él mismo “desde el principio de mi episcopado determiné no tomar ninguna resolución sin vuestro consejo y sin el consentimiento de mi pueblo” (Epis 14,4). El Sínodo de Neo-Cesarea (314-325) reduce el número de diáconos a siete, haciendo referencia a los Hechos de los Apóstoles (Capítulo 14). Hipólito de Roma (+ ca. 235 d.C.) afirma que el diácono solamente es ordenado por la imposición de las manos del Obispo y no del presbiterio, una vez que él no es ordenado “para el sacerdocio, sino para el ministerio del Obispo” (Trad Apost. III, 1,2). El texto de la Iglesia Primitiva conocido por el Testamento del Señor asegura que el primer oficio del diácono es acoger las órdenes del Obispo y ejecutarlas (1,34). Finalmente, el Concilio de Nicea (325 d.C.) confirma que los diáconos son servidores del Obispo e inferiores a los presbíteros (C 38). Los Pontificales, a su vez, hacen referencia a las funciones litúrgicas de los diáconos.


5. Naturaleza del Diaconado


Para mejor comprender el lugar del diaconado en la Iglesia “se nos impone pues, superar un esquema eclesiológico que se articulaba en el binomio Sacerdocio-Laicado y Ministros-Comunidad, para tener constantemente presente el concepto y la realidad de comunión y de envío. La Iglesia, toda ella, está en el mundo como circulación de amor, icono del misterio trinitario, y como misión, constantemente evangelizada y evangelizadora”.2


2. Girardi, Vittorino. Ministerio Diaconal en la Iglesia ministerial. En “Diaconado Permanente” CELAM-DEVYM (1999) página 123

5.2. Misión Específica


5.2.1. Carácter sacramental


El Concilio Vaticano II (LG, 10) afirma que la distinción entre sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial no es solo de grado, sino de esencia, ambos participan, aunque de diversa forma del único sacerdocio de Cristo. Así mismo, los diáconos “reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio” (LG 29), esto implica que siendo parte de la jerarquía de la Iglesia como ministros ordenados, no participan del ministerio sacerdotal. Al no ser sacerdotes, los diáconos no presiden la comunidad, ni presiden la eucaristía, sino que están al servicio de quien preside. Porque decir sacerdocio, es decir presidencia en la Tradición de la Iglesia. 3


5.2.2. Función específica


Ciertamente todo bautizado puede ejercer la mayor parte de las funciones diaconales. Puede multiplicar obras de caridad, tanto dentro como afuera de la comunidad cristiana. Puede afuera, ser levadura en la masa y en la Iglesia cuidar con amor por el buen orden de la asamblea. Un bautizado que sea ordenado como diácono hará tal vez pocas cosas de más. Sin embargo no es éste el problema. Lo importante es que ordenando los diáconos, la Iglesia puede evidenciar mejor que la caridad de todo el pueblo no es algo opcional sino que debe ser uno de sus rasgos distintivos. El carisma del diácono, signo sacramental de «Cristo Siervo», tiene gran eficacia para la realización de una Iglesia servidora (DP 696).


3. Cfr. Conferencia del Pbro. Manuel Rojas: Seminario sobre el Diaconado - 26 de febrero del 2008, Casa de las Hermanas Clarisas.

La realidad del diaconado se encuentra ante todo en el orden del ser. El diácono es diferente porque recibe una gracia sacramental que determina la tonalidad específica de su acción. El diácono jamás debe ser definido a partir de sus funciones o de los poderes que le son confiados; no tiene otras cosas por hacer; él es otro por ordenación sacramental. Es en el orden de la significación que se debe buscar la especificidad del diaconado (cfr. DP 696).


Al dirigirse a los diáconos de los Estados Unidos de América, en Detroit, Juan Pablo II afirma: “El servicio del diácono es el servicio de la Iglesia sacramentalizado. El vuestro no es sólo uno de los muchos ministerios, sino debe realmente ser como lo definió Pablo VI, una fuerza motriz para la diaconía de la Iglesia. Con vuestra ordenación estáis configurados con Cristo en su función de siervo. Vosotros debéis también ser señales vivas de la condición de Siervo de su Iglesia”. 4


El diácono es signo sacramental de la “diakonía” propia de Cristo, Siervo de Yahveh, a ello le destina el carácter sacramental que le ha conferido la participación en el Sacramento del Orden. Es por eso que Pablo VI en su segundo “Motu Proprio” sobre el diaconado, el Ad Pascendum, define el diácono como “el animador del servicio, es decir, de la “diakonía” de la Iglesia en las comunidades cristianas locales”.


4. L`Osservatore Romano 43. 25 octubre 1987

5.2.3. Participación del diaconado en la “triple misión” de Cristo


Dice el Concilio Vaticano II: “Por tanto fortalecidos por una gracia sacramental, sirven al pueblo de Dios en la diaconia de la liturgia, de la Palabra de Dios y de la caridad en comunión con el obispo y el presbítero” (LG 29).


a. La diaconía de la caridad


La promoción de la caridad y del servicio en la Iglesia abarca un campo de apostolado tan vasto cuanto diversificado. El diácono testimonia la presencia viva de la caridad de toda la Iglesia en sus más diferentes aspectos. Por tanto, contribuye para la edificación del cuerpo de Cristo-Iglesia reuniendo la comunidad dispersa en una profunda comunión eclesial. Ejerce una función importante en la construcción de la comunión jerárquica, así como, en la renovación de toda la comunidad, mediante el desarrollo del sentido comunitario y del espíritu de familia. Cultiva un gran amor a todas las personas de cualquier religión o raza y se hace un servidor de la humanidad como Jesús. En el seno de la comunidad despierta las varias vocaciones, animando los diversos servicios y carismas (DP 715). En la promoción social y en la vivencia de las obras de misericordia, se empeña juntamente con la Iglesia en visibilizar el rostro del “buen samaritano”.


La función caritativa comporta también un oportuno servicio en la administración de los bienes y en las obras de la caridad de la Iglesia. Los diáconos tienen en ese campo la función de ejercer en nombre de la jerarquía los deberes de la caridad y de la administración, así como, las obras de servicio social.

Positiva es la inserción del diácono en el diálogo entre la Iglesia y el mundo, entre la jerarquía y los laicos. Diálogo que favorezca, en el seno de la Iglesia, la integración de todos los ministerios, en vista de una común vocación al servicio; diálogo ad extra en la relación con el mundo, que promueva los verdaderos valores y esté abierta a las señales de los tiempos, denunciando al mismo tiempo las injusticias y los desvíos. Una presencia fraterna y misionera ante todo por el testimonio personal. Una inserción en la realidad social, en las industrias y en el sector civil. Esté el diácono preparado para asumir los compromisos en el propio ambiente social, en defensa de los más necesitados. Tenga una visión realista de la propia comunidad a fin de poder desarrollar con mayor vigor, la misión salvífica de la Iglesia.


Mantenga, en el ritmo y estilo de vida, aquellas cualidades y características que lo insertan naturalmente en la comunidad de los hombres a la que ha de servir.


No debe limitarse a los espacios intra-eclesiales sino que debe hacerse presente con espíritu misionero en el vasto mundo del trabajo, de la economía, de la política y de la cultura.


b. La diaconía de la Palabra


La misión evangelizadora del diácono no se limita a la homilía o al anuncio de la Palabra en el contexto litúrgico. Como anunciador de la Palabra, él da ante todo el testimonio de un oyente asiduo y convencido del Evangelio.


A la luz del documento de Aparecida, el diácono en su encuentro con la Palabra deberá privilegiar la Lectio Divina o Lectura orante de la Palabra de Dios (cfr. DA 249).

Transmite a la comunidad la Palabra libertadora que él mismo ya ha experimentado como poder de transformación. Se identifica con la Palabra anunciada; es en sentido pleno, el servidor de la Palabra. Solamente entonces anunciará la Palabra de Dios con la autoridad que nace, especialmente, de la convivencia con el Evangelio. Existe pues una doble responsabilidad en la confrontación con la fe de la lglesia: despertar, promover y animar la comunidad para su misión evangelizadora, una evangelización sin fronteras.


El diácono está llamado a ser promotor y formador de pequeñas comunidades cristianas y sus funciones no se orientan, en general, hacia la administración de sacramentos. Se dedican, predominantemente, a tareas de promoción humana, evangelización e iniciación cristiana ( cfr. Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos)


c. La diaconía de la liturgia


La diaconía de la liturgia es ejercida en la celebración de los sacramentos o sacramentales, en la presidencia de las celebraciones de la Palabra y en las oraciones.


La función diaconal simboliza de algún modo el doble movimiento de sístole (traer) y diástole (llevar) de la Eucaristía. El diácono lleva el pan eucarístico y trae hacia el altar los dones que expresan la comunión de los fieles. Lleva a los enfermos, al mismo tiempo que el Cuerpo del Señor, el auxilio de la comunidad. Su ministerio simboliza la función diaconal de la Iglesia y demuestra que la liturgia y la vida social no son dos realidades yuxtapuestas sino polos de una misma economía de salvación,

pulsaciones de un mismo movimiento que a través de Cristo viene de Dios y a El retorna. En el culto, el servicio encuentra su fuente; en el servicio, el culto encuentra su eficacia. Toda la acción litúrgica debe ser un impulso para la acción y en ella recoger el compromiso diario.


5.2.4. El Diaconado signo de comunión


El diácono debe garantizar la fraternidad en la comunidad, él es principio de unidad. Llamado a unir a los miembros de la comunidad, como decía Juan Pablo II al comienzo del milenio: “Los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada Iglesia. En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre Obispos, presbíteros y diáconos, entre Pastores y todo el Pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales” (Novo Millenio Ineunte n. 45)


5.2.5. El diácono y los laicos


Los ministerios del diácono y del laico son, pues, diversos, sin embargo mutuamente relacionados. Así como diversidad no significa oposición, del mismo modo, correspondencia no significa equivalencia. En otras palabras: la restauración del ejercicio permanente del diaconado no pretende vaciar las funciones del laicado. Ser diácono no significa ser mejor que ser laico. Son dos vocaciones diferentes dentro del contexto ministerial de la Iglesia. Pensar en un diaconado no significa despreciar la condición propia del laico y los ministerios por él ejercidos, sino descubrir en ella un llamado de Dios para otra forma de servicio.

Más que anular las iniciativas y las actividades de los laicos, los diáconos tratan de poner a toda la comunidad en estado de diaconía. No deben disminuir el papel de los laicos, al contrario, deben contribuir para promover el protagonismo de los mismos. Deben sentirse animados a favorecer la cercanía entre los ministerios ordenados y las actividades de los laicos, en el común servicio del Reino de Dios.


6. Aporte desde la doble sacramentalidad


La vida matrimonial como carisma viene a ser un aporte distinto para la dimensión pastoral del sacramento del Orden. En la acción pastoral del diácono casado ambos sacramentos se manifiestan como una unidad, en razón de algunos puntos que les son comunes: la fidelidad, la entrega, la comunión, el don de sí, la plenitud de la vida bautismal. Juntos significan en la vida del diácono una unidad totalizante: la unidad de la llamada a abrirse a la gracia que obra mediante los sacramentos: gracia ministerial en el diácono y también gracia que mueve a la esposa y a los hijos hacia el servicio a Cristo en la perspectiva del Reino. En contra de la experiencia negativa existente de desvinculación entre vida matrimonial y vida familiar, el diaconado orientado a la armonía de la comunión debe fortalecer también el carisma de la vida matrimonial, desde la libertad y la opción por Jesucristo, no sólo de ambos como pareja, sino de cada uno como persona llamada por Dios a la unidad.