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“La Antropología de la fe camino de dimensión trascendental en el compromiso diaconal”

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Encontrarme frente a un grupo de creyentes que desde muy distintas situaciones han experimentado la presencia de Dios en sus vidas, y de tal modo han sentido el llamado del Señor para vivir un compromiso de servicio y entrega al prójimo en los espacios comunitarios de sus iglesias locales ha sido un reto y un regalo de inapreciable valor.

Llevarle cada sábado un tema relacionado con el Marco Antropológico de la fe resulta un espacio de retroalimentación.

Les aporto los modestos conocimientos que atesoré durante mi vida de estudiante, les dono lo que Dios me regala pues el contenido de esta materia pasa por la fe vivida en el encuentro con Él y con mis semejantes.

Sin embargo, lo que recibo de estos encuentros es mucho más, pues sus vivencias alimentan mi espíritu, sus palabras manifiestan que estoy ante una escuela de hombres que saben vivir la fe de modo maduro.

Al profundizar en el contenido teológico de la persona humana como ser auto trascendente, creado con una naturaleza dispuesta para el encuentro con los demás, con su contexto social, consigo mismo y con Dios, descubro que hay personas, comunidades, grupo de creyentes que son portadores de un conjunto de razones para creer en la vida.

Esto, es solo posible si se sabe vivir lo cotidiano desde el misterio de Dios que no es otra cosa que poseer lo que no se ve, tal como dice la carta a los Hebreos: “La fe es un modo de poseer ya las cosas que se esperan, de conocer ya las cosas que no se ven” (Hb 11,1).

Gestos y palabras, como todas las expresiones de la comunicación humana, son siempre de orden simbólico. Pero llevan dentro de sí una realidad, más profunda y más intensa; es la decisión de doblegar la propia libertad, confiando la vida al amor exigente del Dios de Jesús. Así llega el “hacer” la fe: poner en el ritmo de la vida cotidiana las obras humanas como forma de concretar los “cielos nuevos y la tierra nueva” que no llegarán “porque sí”, sino gracias a la tarea y decisión humanas, contando con Dios, que tiene la capacidad de poner el sello final que diga “terminado”.

Procuro que cada sesión de clase de esta disciplina teológica “Marco Antropológico de la fe”, sea un peldaño en el conocimiento de Dios, también en el crecer como personas comprometidas con el Reino, para que se afinen las motivaciones, las metas, y vayamos haciendo “aquí” eso que vendrá “después” porque todo creyente “servidor” del Evangelio está llamado a un compromiso en la tarea de liberación humana.

Aun siendo conscientes de nuestras limitaciones y fragilidades, sabemos que, en cuanto cristianos, somos responsables de una praxis constructiva de la historia, tenemos la gran tarea de transformar el presente; se trata de cambiar, de crear, de construir.

Ser testigos de Cristo suscita y provoca procesos, quien lo acepta con el corazón se siente interrogado y movido a darle a su vida y entorno una nueva concepción de justicia, de relaciones interpersonales y de moral. En este proceso de vivir la fe como criaturas abiertas a la trascendencia juega un papel fundamental la conversión continua teniendo en cuenta: la confianza en Dios, la memoria agradecida, la acción de gracias, el servicio, la comunión, el ánimo, la creatividad y la oración. Estas son las armas que nos permitirán “dar vida y dar razones para vivir en sentido antropológico la fe”.

Rosa María López González.
11 de mayo de 2011

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