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Quienes Somos

DIACONADO PERMANENTE DE BOGOTÁ.

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Hombres casados formados para servir

El Diaconado Permanente en la Arquidiócesis de Bogotá fue creado por el señor Cardenal Pedro Rubiano Sáenz, el mismo día de su posesión como Arzobispo de Bogotá, haciéndolo jurídicamente visible con el decreto 066 de 1995.

En el decreto se establece que es para hombres casados. Con diez (10) años de matrimonio, y cuarenta (40) de edad. El primer Consejo de formadores hace reflexión y diagnóstico sobre la realidad de la Arquidiócesis y la necesidad de estos nuevos agentes de evangelización para la Ciudad.

Presenta unos lineamientos desde distintos ángulos humanos, académicos, espirituales y pastorales, siguiendo así las diversas dimensiones de la formación y los pilares fundamentales del ministerio, sobre la Palabra, la Liturgia y la Caridad.

Madurado este primer proceso de un año, el señor Cardenal Nombra a Monseñor Alberto Ojalvo Prieto Director, y se hace una reestructuración de la Junta, haciéndola Consejo de Formadores, con nuevos miembros, manteniendo a Monseñor Agustín Otero, representante del señor Arzobispo en la Junta y al Padre Alirio López, quien desde el inicio ha venido sirviendo y reflexionando sobre la Escuela Diaconal.

Se Elaboró todo el proceso de pensum académico, espirituales, humanas y pastorales presentadas en el libro que titula las “directrices del Diaconado Permanente para la Arquidiócesis de Bogotá”. Aprobadas por el señor Cardenal y conforme a las sagradas congregaciones para la Educación Católica y para el Clero.

Llegando a la primera promoción de diáconos permanentes en el año 2000. Actuablemente la Ciudad de Bogotá con las Diócesis Urbanas, hay 118 diáconos, y la escuela tiene 80 estudiantes, con una duración en la formación de 11 semestre, los días sábados.

Se hacen prácticas apostólicas en la propia parroquia, en la pastoral rural de la Calera, pastoral urbana en Ciudad Bolívar y San Cristóbal Sur, con una formación y práctica en las pastorales especializadas de salud, movilidad y penitenciaria.

Después de estos 12 años de experiencia de la Escuela del Diaconado permanente en Bogotá, sigue contando con un equipo de sacerdotes capacitados y entregados a la Formación de los diáconos.

El término diácono

El término griego “diakonía”, además de servicio, tiene el sentido de mensaje, mandato, asistencia, función de honra (en la poesía, en la oratoria, en la filosofía, y en la oración). La raíz “diakón” expresa una actividad realizada en nombre de, bajo la autoridad de otro (de allí viene el sentido de apostolado). Esta autoridad es el “Kyrios” (Señor). Pablo llama diaconía a su apostolado junto a los paganos (Rm 11,3).

Él se hace mensajero (diákonos) de una Nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu (2 Co 3,6). En ministerio de la Antigua Alianza es llamado de diakonía de la muerte (2 Co 3, 7), diakonía de la condenación (2 Co 3,9), mientras aquel de la Nueva Alianza es llamado diakonía del Espíritu (2 Co 3, 8), diakonía de la justicia (2 Co 3, 9). Jesús confió a los Apóstoles la diakonía de la reconciliación (2 Co 3, 18). Estar revestido de esta diakonía es manifestar la misericordia de Dios (2 Co, 4,11). Es necesario evitar todo escándalo, a fin de que nuestra diakonía no sea blasfemada (2 Co 6, 3-4). Somos diákonoi de Dios (1 Co 3, 5). Los falsos apóstoles son diákonoi de satanás (2 Co 11, 13-15). La diakonía constituye una función permanente; abarca toda la vida (1 Co 4, 5). Pablo llama a Cristo, ministro (diákonos) de la circuncisión dado que su misión se desarrolló sobre todo en el ámbito del pueblo judío (Rm 15, 8). Hay aún, una relación entre el ministerio apostólico y la muerte de Jesús (2 Co 4, 8-12).

Marcos ve la misión del Hijo del hombre como un servicio, dar la vida (Mc 10,45). Aquel que ejerce la autoridad no debe reaccionar como quien detenta un poder absoluto, más bien debe tener conciencia de que es un simple instrumento (diákonos) que puede asumir el último lugar, sin perjuicio de su función (Mc 10, 42-44). Jesús está entre los discípulos como Aquel que sirve (diákonos) y da la vida (Lc 22, 24-27).

Lo mismo han de hacer los apóstoles al celebrar su memoria (Lc 22, 19). Podemos pues, establecer una relación entre diakonía y eucaristía.

Naturaleza del Diaconado

Para mejor comprender el lugar del diaconado en la Iglesia “se nos impone pues, superar un esquema eclesiológico que se articulaba en el binomio Sacerdocio-Laicado y Ministros-Comunidad, para tener constantemente presente el concepto y la realidad de comunión y de envío. La Iglesia, toda ella, está en el mundo como circulación de amor, icono del misterio trinitario, y como misión, constantemente evangelizada y evangelizadora”

El ser diaconal

El servicio o ministerio eclesial, no cabe duda, fue instituido por el mismo Criso (cfr Lc 6, 12-16; Jn 13) y desde los tiempos apostólicos fue ejercido por los llamados obispos, presbíteros y diáconos (cfr LG 28). Aunque esta triple forma de ministerios (episcopado, presbiterado y diaconado) no fue instituida

directamente por Cristo, la Lumen Gentium no excluye que también el presbiterado y el diaconado sean de derecho divino (iuris divini), pues Cristo confiere a los Apóstoles los poderes y las atribuciones inherentes a la vida y a la acción de la Iglesia. Conviene pues a la Iglesia establecer los límites de esta participación en el ministerio sacramental.

La relación de estos tres grados se realiza al incluir los aspectos de unidad de sacramento y de diversidad de funciones (LG 20; 28). A partir de esta relación se ubica el orden diaconal. Los tres grados hacen parte de un único sacramento, el Sacramento del Orden y, manifiestan de modo oficial y público el triple ministerio (tria munera) de Cristo: Profeta (munus docendi), Sacerdote (munus santificandi) y Pastor (munus regendi). Si de una parte la diaconía a ejemplo de Cristo es común a toda la Iglesia, de modo especial es propia del ministerio diaconal. Por este motivo desde el inicio la Iglesia valora el oficio de los diáconos. Por la imposición de las manos del obispo, él recibe públicamente de modo irrevocable y definitivo el mandato y el poder para el servicio.

Siendo así, la razón última del diaconado no debe ser buscada en el ejercicio externo de determinadas funciones, sino en la participación especial de la diaconía de Cristo en la fuerza del Espíritu, a través de un sacramento. Al desarrollar su ministerio, realizando quizás funciones similares a las del presbítero, o aún aquellas propias del laico, el diácono lo hará de un modo nuevo, marcado por una gracia específica que lo configura a Cristo Servidor.

El Documento de Puebla no vacila en destacar esa sacra mentalidad: “El carisma del diácono señal sacramental de

Cristo siervo, tiene gran eficacia para la realización de una Iglesia servidora y pobre que ejerce su función misionera con vistas a la liberación integral del hombre” (DP 697).

El diácono permanente es un ministro para el servicio de la Iglesia, teniendo su origen en la consagración y misión de Cristo. Mediante la imposición de manos y la oración congregaría, constituido miembro de la jerarquía en el grado inferior, para servir a ejemplo de Cristo entre los pobres, menesterosos y viudas.

Director: Monseñor Alberto Ojalvo Prieto Pbro.

 

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