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Vivir la Cuaresma

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El tiempo de cuaresma es un tiempo fuerte y muy especial en la Iglesia durante el cual los fieles nos preparamos para la celebración del misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo.

Esta preparación se realiza mediante la penitencia, buscando una conversión cada vez más perfecta, por medio de la escucha más frecuente de la palabra de Dios, la frecuencia de los sacramentos, la oración, las privaciones voluntarias de las que son ejemplo el ayuno, la abstinencia, y la limosna u otras obras de ayuda mutua que manifiestan el desprendimiento de los bienes materiales y la renuncia al egoísmo.

La familia, como Iglesia doméstica, no es ajena a la vivencia de este tiempo y cada uno de nosotros está llamado a perfeccionarse dentro de ella. Así, la vivencia de la cuaresma dentro de la familia presenta dos dimensiones: una individual y una comunitaria. En el marco de la dimensión individual, cada miembro de la familia es invitado a asumir el papel que Dios le ha concedido, buscando configurarse con Cristo para el bien de los otros miembros.

Los esposos son llamados a amar a sus esposas hasta dar la vida por ellas, así como Cristo amó a la Iglesia y se entregó porella en la cruz (Cfr. Ef 5, 25-26).

Las esposas son invitadas a amar a sus esposos y a ser sumisas a ellos (Cfr. Ef 5, 21-23). Pero esta sumisión, no es al esposo como persona, sino al amor de Cristo que le llega a través del amor del esposo. Los hijos, a su vez, deben honrar y respetar a sus padres, recordando que este es el primer mandamiento que conlleva la promesa de una vida feliz y

longeva (Cfr. Ef 6, 1-3).

Todos, así mismo, deben buscar en este tiempo la reconciliación con Dios y

con los hermanos mediante el sacramento de la penitencia.

De esta manera, si cada quien cumple con lo mandado por Dios, la familia se podrá abrir a la vivencia de la dimensión comunitaria de la cuaresma, que incluye tres actitudes fundamentales:

La oración y la participación en los sacramentos: la familia debe orar continua y permanentemente, y debe dar gracias a Dios por todo (Cfr. 1 Tes 5, 17-18). El rezo de la Liturgia de las Horas y del Santo Rosario, unirán a la familia y la fortalecerán contra los ataques del mundo, y la alimentarán estrechando la comunión con Cristo.

En este caminar de la cuaresma será de gran importancia la participación consciente y activa de la familia en la Eucaristía, banquete celestial. La

familia deberá sentirse amada profundamente por Cristo, quien se entrega una y otra vez para el bien de ésta, alimentándola con su cuerpo y su sangre.

La escucha de la Palabra: “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia” (2 Tim 3,16), por lo tanto la familia debe leer la Biblia, reflexionar en torno a ella e interiorizar esa Palabra que Dios le dirige. Solamente la Palabra de Dios

tiene el poder de transformar y moldear el corazón humano, permitiéndole anhelar el biensupremo, que es Dios, por encima de todas las cosas.

La entrega a los demás: La familia debe abrirse a la caridad y al servicio a los demás, ya que la fe sin obras es una fe muerta (Cfr. St 2, 14-18). Debe preocuparse y sufrir con sus hermanos, especialmente los más pobres y desamparados. No puede haber indiferencia ante el dolor y la miseria humana en una familia verdaderamente cristiana que pretenda vivir adecuadamente esta cuaresma. Sería bueno recordar y ejercitar nuevamente las obras de misericordia que propone la Iglesia en este tiempo que inicia con el Miércoles de Ceniza.

Diacono Permanente Emilio Ramírez Corcho
Ingeniero Electrónico
Maestría en Teología Universidad Javeriana.
Diplomado en dirección de personas Pontificia Universidad Javeriana
Docente Escuela Diaconal

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